Cada vez peor

Alejandro Gertz Manero

Las recientes expresiones públicas de una comunidad acosada por la desmesurada violencia y la impunidad que nos abruman son sólo una parte de los muchos signos del fracaso total de un sistema político anquilosado y corrupto que se niega al cambio y que se esconde tras la supuesta alborada democrática que vivimos entre 1997 y 2000.

La nación entera se equivocó al creer que el permiso que nos concedieron los perennes detentadores del poder para que nuestros votos fueran contados en los sufragios era la señal del cambio tan esperado y demandado desde el movimiento vasconcelista, pasando por todas las frustraciones que hemos padecido durante casi un siglo, para llegar, al día de hoy, en que todo sigue igual o peor. La aplastante corrupción de los líderes sindicales actuales no es diferente al cinismo brutal de Luis N. Morones o de los tres lobitos de Fidel Velázquez; todo ello mientras el poder público se sustenta en las mismas raíces de inmoralidad sindical que ahora se hallan más fuertes que nunca.

La corrupción integral del aparato de seguridad y justicia, que planteó Calles para usar ese sistema como el gran controlador de las masas indefensas, está llegando a niveles que creíamos imposibles, al compartir su colusión entre lo que queda del poder formal y los nuevos capos de la delincuencia en todas sus expresiones. Las burocracias arrogantes y corruptas siguen siendo el azote de la sociedad civil, y al mismo tiempo las socias obligadas de cualquier saqueo despiadado, manteniendo a la economía y al empresariado mexicanos como un rehén de los tiburones internacionales del despojo.

En la educación nos debatimos en los últimos lugares de las calificaciones mundiales, mientras los esfuerzos de unos cuantos chocan contra los intereses implacables de la corrupción y del gansterismo sindical. Los veneros petroleros que nos escrituró el diablo nos están cobrando, como a Fausto, con el alma de la nación y el hambre de los mexicanos, en el final de esta orgía de especulación y de latrocinio internacionales que ha llevado al mundo entero a una de sus peores crisis económicas.

Hoy, los gatos pardos del poder bailan su danza agónica y autista en la soledad y en la angustia abrumadora de su insensibilidad y su fracaso, en este México que no merece lo que le está ocurriendo.

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